Lírica en transversal
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El hueco (ilustrado)

Texto de Ancrugon

Ilustraciones de los alumnos de 1º ESO del IES Cueva Santa de Segorbe, curso 2013-14, sobre la obra de René Magritte

Dirección y coordinación: Marina Eva Scarpati Orazi y María Elena Picó Cruzans

“El hueco” es un cuento escrito por Antonio Cruzans Gonzalvo, ilustrado por alumnos de 1º ESO del IES Cueva Santa de Segorbe durante el Curso 2013-14, basándose en la obra de René Magritte.

Esta actividad se realiza en colaboración y coordinación del Departamento de Educación visual y plástica a cargo de la profesora Marina Eva Scarpati Orazi y el Departamento de Lengua Castellana y Literatura a cargo de la profesora María Elena Picó Cruzans.

Ulises era un anciano como los de los cuentos. Lucía un bonito pelo nacarado como la nieve, luminoso y largo, peinado en una suelta melena que le caía sobre sus hombros fornidos y una barba blanca perfilada que se recortaba cuidadosamente todos los días, porque Ulises era muy presumido y ufano, a pesar de su edad, pues Ulises tendría… ¡Bueno…, ni se sabe la edad que tendría!... Él siempre decía que eso de los años se llevaba dentro, lo de fuera era otra cosa, no tenía nada que ver, ya que la piel se estropea con cualquier tontería, sin embargo, el alma es como las rocas, dura y resistente y sólo los vicios o las virtudes constantes son capaces de hacerle mella.

Y a pesar de que comía con las mismas ganas que un jugador de rugbi, Ulises se veía delgado y fibroso pues siempre estaba en contacto con la naturaleza y se ejercitaba con una constancia propia de una deportista de élite aprovechando que él vivía en una preciosa casita de madera en medio del bosque, justo en la orilla izquierda de un hermoso río alegre y cantarín de aguas cristalinas y heladas por donde navegaban magníficas truchas como veleros descubridores de nuevos mundos, y por sus veredas, laderas, sendas, trochas y caminos se movía el viejo cargando frutos, leña, piedras, hierbas e, incluso, animales.

Era una delicada tarde otoñal de finales de verano, una de esas tardes de fragilidad etérea cuya belleza corre el riesgo de romperse con el solo estallido de una hoja seca bajo el peso de los pies, una de esas tardes de cielo azul zarco bordado de nubes algodonosas y suaves y de bosques dorados y rojizos en los que el verde se vuelve tímido y asustadizo, una de esas tardes en las que el viento juega a ser peluquero y desordena los cabellos en peinados imprevisibles mientras se va internando por los poros de la epidermis hasta enfriar las voluntades más decididas. Fue una tarde así cuando Andrés, Alicia y Carlos lo conocieron.

- Si tiras del hilo tan bruscamente, las truchas se asustarán y no podrás pescar nada – su reposada voz de persona acostumbrada a la soledad sobresaltó a los tres jóvenes.

Andrés, a quien iban destinadas aquellas palabras, aflojó un poco el carrete y, de pronto, como si el escurridizo ser hubiese estado esperándolo, el sedal comenzó a correr sobre la corriente ondulante y ruidosa.

- ¡Déjalo, déjalo!... – Ulises se acercó hasta la orilla y los adolescentes lo miraron asombrados por su monumental presencia considerando si no estarían ante un Papá Noel atlético y con chaqueta de pana. – Ahora juega un poco con él, lo atraes, sin brusquedad, y lo dejas marchar un poco, hasta que se canse y ya te sea fácil hacerte con la pieza.

Cuando el luminoso pez exhalaba sus últimos reflejos sobre la grava de la orilla doblándose en espasmódicos movimientos a un lado y al otro y los chavales celebraban su primera captura de la tarde, Ulises se acercó hasta el agonizante animal y lo cogió con dulzura entre sus manos:

- Es un buen ejemplar… ¿Sabéis cocinarlo?

- ¡Oh, no! Nosotros solamente los pescamos por diversión – dijo la alegre Alicia.

- Eso no está bien – Ulises movió negativamente su blanca cabellera-, nunca se debe arrebatar una vida por diversión. Este animal ha luchado bravamente por mantenerse su existencia y se le debe todo el respeto y, por lo tanto, se merece pasar a formar parte de aquellos seres que se la arrebataron… - se incorporó con el pez en la mano y se alejó hacia su cabaña. Cuando ya había subido el talud se volvió. – Si vosotros no lo queréis, yo le haré los honores – y se marchó sin esperar respuesta.

- ¡Estás idiota, Andrés! – exclamó al rato Carlos. – Lo pescaste tú, el pez era tuyo y ahora se lo va a cenar ese hombre…

- Da igual, a mí no me gusta el pescado – respondió el otro.

- Pues a mí sí – afirmó Alicia. – Me lo podrías haber dado a mí…

- ¡Pero no nos ha dado tiempo! – se excusó Andrés.

- Pues vamos a pedírselo – propuso Carlos.

- ¿Tú crees…? – dudó Andrés.

- ¡Pues claro!... ¿Acaso no es tuyo?...

Así que recogieron todas sus pertenencias y se encaminaron hacia la cabaña. Cuando llegaron a ella el sol ya se estaba ocultando tras las montañas de occidente y en su última agonía creaba matices imposibles en los colores de la naturaleza. Se detuvieron ante una puerta de madera vieja y desgastada por el tiempo y las manos, pero en el momento que se disponían a llamar la voz de tenor del viejo se elevó desde el interior:

- Pasad, está abierta.

Tanto la luz tenue de la estancia, como el agradable calor proveniente de la chimenea, creaban el ambiente acogedor de hogar donde todos los fantasmas y demonios no tienen cabida. Un agradable olor a comida recién cocinada llegaba desde el fondo, seguramente procedente de la cocina y, al poco rato, por aquella puerta apareció el viejo Ulises con el pez cocinado sobre una bandeja con patatas fritas y otros manjares hortícolas que los chicos no pudieron descifrar ni después de haberlos degustado.

Aquella fue la primera de un gran número de visitas que los tres amigos hicieron a Ulises y parecía que la capacidad del anciano para sorprenderlos era ilimitada, sin embargo lo que siempre recordarían, porque de alguna manera cambió su incipiente concepción de la vida, fue cuando Ulises les descubrió su secreto…

- ¿Por qué te apartas de la gente, Ulises, no te gustan las personas?– preguntó Alicia con una mezcla de curiosidad e inocencia.

- ¡Claro que me gusta la gente!, pero su contacto es bueno como el del alcohol, ya sabéis, en pequeñas dosis reconforta y te alegra, pero en grandes dosis te emborracha y haces tonterías y luego tienes resaca…

Todos rieron por la ocurrencia, pero Alicia no había quedado del todo convencida.

- Pero, vivir aquí tan solo debe de ser muy triste, ¿no?

- Todos vivimos solos, querida Alicia, somos como mundos únicos e individuales cuyo comienzo y final está en nosotros mismos. El contacto con los demás, con los otros mundos solitarios, es circunstancial, porque en el fondo todos vivimos encerrados en nosotros mismos ya que el yo es la única persona con quien siempre estamos dialogando y la que más nos conoce y la que realmente nos quiere.

- Pero, ¿y el amor? – insistía Alicia.

- Para amar a los demás, primero tendrás que amarte a ti misma, de lo contrario, ¿qué le podrías ofrecer al otro?...

- Sin embargo, todos necesitamos de otra persona para realizarnos, todos somos mitades sin completar – meditó Carlos.

- ¡Eso son patrañas, Carlos! Cuando una pareja se junta lo hacen dos personas completas, si sólo se juntasen mitades, se crearían verdaderos monstruos. Pero para eso todos, alguna vez, deberíamos atravesar nuestro hueco.

- ¿Hueco?... – preguntó Andrés.

- Sí, esa abertura, puerta, grieta o resquicio, como queráis llamarlo, que nos conduce a la otra dimensión de nuestra realidad…

Los chicos se acercaron para prestar más atención.

- Este es mi hueco, yo aquí habito en mi mundo paralelo y es aquí donde comencé a conocerme y a ser yo completo: a una parte, el hombre de negocios anónimo que caminaba acelerado por las calles de una ciudad repleta de personas aceleradas y que no tenía tiempo más que para ganar lo material, y a la otra, el yo espiritual, reposado, hambriento de sensaciones, de conocimientos, de luz…

- Pero… pero eso es una metáfora… ¿no?... – dedujo Alicia.

- No, no… No te equivoques, el hueco existe y cada cual tiene el suyo, pero hay que saberlo ver y reconocer… y luego atreverte a cruzarlo acompañado de tus propios miedos.

- Y ¿dónde está?, ¿dónde podemos encontrarlo?... – preguntó Andrés.

- No lo sé… Yo lo encontré aquí, esta cabaña es mi hueco por el que me traslado a esta dimensión… Vosotros, cada uno, lo encontraréis en lugares distintos… No sé dónde pueden estar…

- Pero, si este es tu hueco, ¿qué hacemos nosotros en él? – preguntó Carlos.

- Porque vosotros habitáis en esta dimensión, en la otra nunca os he visto ni conocido… vosotros estáis a esta parte del hueco.

- Y ¿cómo lo reconoceremos?... – indagó Andrés.

- Porque un buen día, simplemente andando por la calle, o al entrar en un bar, o al mirarte al espejo, no sé, así, de improviso, os daréis cuenta que todo a vuestro alrededor ha cambiado…

- Pero… pero, ¿duele?... – preguntó Alicia.

- Sí, duele… aunque no más que cualquier pérdida.

- ¿Y tú qué perdiste? – quiso saber Carlos.

- Pues… entre otras muchas cosas, mi ceguera.

- ¿Estabas ciego? – exclamó Carlos.

 

- ¡No seas tonto! – le recriminó Andrés -, ¿no ves que lo dice con doble sentido?

- Y una vez abierto ese hueco, ¿puedes salir y entrar por él cuando quieras? – interrogó de nuevo Alicia cortando la previsible discusión de sus dos compañeros.

- Durante un tiempo, luego se cierra para abrirse otro, y así hasta el final de nuestros días…

Esta conversación la recordarían muy viva un año después, cuando reunidos de nuevo por las vacaciones, decidieron nada más llegar hacer una visita al viejo Ulises, pero, por mucho que buscaron, no dieron con la cabaña. En ello estaban cuando se acercó un guarda forestal en su todo-terreno.

- Buenos días, señor – se acercó Alicia. - ¿Podría indicarnos cómo llegar a la cabaña del señor Ulises? Creo que nos hemos confundido y no la encontramos.

- ¿Ulises?... Los siento, no conozco a nadie con ese nombre – dijo el funcionario intentando recordar.

- Sí, verá, un hombre mayor con el pelo largo y blanco que vive por una cabaña que está cerca del río.

- Mire, señorita, creo que se confunde, por aquí jamás ha habido ninguna cabaña, ni ningún hombre con las características que me indica – afirmó el guarda quien, tras saludar, se marchó.

Los tres amigos se miraron confundidos y aunque buscaron y buscaron, no tuvieron más remedio que dar la razón al forestal, pues no hallaron jamás rastro alguno de cabaña ni nadie dijo haber conocido al viejo Ulises.

Sin embargo aseguran que una noche, mientras contemplaban el rielar de la luna llena sobre la corriente del río, vieron una columna de humo elevarse hacia el cielo procedente del lugar donde el año anterior estaba la cabaña del bosque.

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