DEBATE 4ª (Para 3º y 4º cursos):

El mito de la ciencia: ¿Cuestión de sexo? ¿Cuestión de género?

El debate de este primer trimestre, que vamos a compartir alumnos de 3º y 4º de la ESO, va a versar sobre el tema de la polarización: mito y ciencia. Éste es un tema que se encadena con otros, que ya hemos abordado en otras ocasiones, como el de la polaridad sexo/género. Pero, en esta ocasión, pretendemos abrirnos desde este ámbito lingüístico a otros ámbitos, como el científico e incluso el político, desde la controvertida ley de identidad de género.

A menudo se nos presentan “verdades científicas”, que se oponen a las “verdades míticas”. En este debate pretendemos reflexionar sobre los posibles lugares de encuentro, si es que los hay, o sobre las distancias que las separan. Y también, qué papeles juegan los roles femeninos y masculinos en todo ello.

         A partir de las ideas que presentan los textos, que sólo se ofrecen como ejemplos de reflexión, tienes que escribir un texto argumentativo, con un mínimo de 150 palabras, en el que expongas y argumentes tu opinión al respecto. El plazo de entrega para este primer texto concluye el día 28 de octubre de 2016. A continuación, y a partir de los textos escritos por los alumnos de 3º y 4º, debes redactar dos textos argumentativos (con un mínimo de 100 palabras) que apoyen o rebatan la tesis propuesta. El plazo de entrega concluye el 17 de noviembre de 2016.

         Éste es un debate abierto, por lo que puedes invitar a participar en él.

 

TEXTOS DE REFERENCIA:

 

TEXTO 1:           Fragmento del libro La fantasía de la individualidad, de Almudena Hernando, profesora de Prehistoria en la Universidad Complutense de Madrid.

El poder de una sociedad se asocia necesariamente con los discursos de verdad que lo sostienen. Esto quiere decir que para tener efectividad las prácticas sociales deben estar sostenidas por un claro discurso de legitimación. Pues bien, obsérvese lo que aconteció con el discurso mítico que sostenía a la sociedad europea (patriarcal): paralelamente al desarrollo de los rasgos de individualización que se asociaron con el incremento del comercio y de la división de funciones que tuvieron lugar en su seno a partir de los S. XI y XII, se generalizó el culto a la Virgen María. La Virgen María, que representa, sin matices, el modelo de mujer con identidad relacional puro, sin deseos para sí (ni siquiera deseo sexual) y con la maternidad como única aspiración, representará desde entonces el ideal al que todas las mujeres deben aspirar. No es de extrañar que la concepción inmaculada de María se convirtiera en dogma en 1854, cuando la industrialización y la modernidad del S. XIX comenzaban a exigir la especialización de las mujeres y, con ello, a fomentar su individualización.

         Si el mito no dejaba duda sobre los modelos sociales que quería potenciar, la ciencia –el otro discurso de legitimación que poco a poco iba tomando el lugar de aquél- no se quedaba a la zaga. En aquellos momentos de transición entre ambos discursos de legitimación, cuando la seguridad de la ciencia aún no había conseguido desterrar al mito y buscaba en las conexiones con él su propia transición al lugar privilegiado de discurso social, Carl Von Linné publicó su “Systema naturae” (1758). Von Linné era un creacionista que se proponía demostrar la suprema sabiduría y bondad de Dios poniendo en evidencia el esquema que había seguido en la Creación. Para ello, inventó un sistema de clasificación completamente novedoso, que permitía ordenar a los seres vivos según sus mecanismos de reproducción y que resultó tan útil que luego fue tomado por Darwin como taxonomía a través de la cual pensar la teoría de la evolución. De esta manera, desde el mito creó uno de los principales recursos utilizados por la ciencia para sostener el orden patriarcal. Inventó la categoría de “especie”, clasificando a los seres vivos a través de cinco categorías que habrían de multiplicarse con el curso de los años: reino, clase, orden, género y especie. La designación de cada especie se componía de dos nombres, el de género y el de especie, que habrían de guardar concordancia gramatical entre sí. A nuestra especie la clasificó a través de las siguientes categorías: reino: Animal; clase: Mammalia; orden: Primates; género: Homo; especie: Sapiens. Nuestro nombre es entonces Homo sapiens, “hombre que sabe”. Con ello, Linneo dio carta de naturaleza científica a la pretensión de que la razón es un atributo de los hombres, y no de las mujeres. Reafirmaba así, a través de clasificaciones abstractas y por tanto científicas, la creencia básica en la que se sostenía el mito: el creador, el que sabe y nombra, es hombre. La mujer es (y sólo debe ser) una madre sin deseos para sí. Obsérvese lo que hizo Von Linné: eligió un rasgo exclusivo de las mujeres, las mamas, relacionadas con la maternidad, para conectar a nuestra especie con los demás animales (Mammalia, mamíferos), escogiendo en cambio el nombre del varón, Homo, hombre, para separarla de los demás animales, para dotarla de singularidad. Es decir, que eligió un rasgo de las mujeres relacionado con su maternidad para señalar lo que nuestra especie tiene en común con otras, como las ovejas, los perros y las vacas. Y eligió un rasgo que consideraba propio de los hombres –la razón- para señalar la separación de nuestro grupo biológico respecto de todos los demás. Tal vez se entenderá mejor la trampa que esto encierra si se sabe que de las cinco clases en las que Von Linné dividió a los animales (Mammalia, Amphibia, Pisces, Insecta y Vermes) sólo en la nuestra utilizó rasgos que diferenciaban a machos y hembras como criterios con los que agrupar a las especies con otros animales. Porque es cierto que las mujeres tienen mamas, la cuestión es que podría haber clasificado a nuestra especie utilizando otros criterios, como los de modo de respiración, modo de alimentación, etc., sin que ello hubiera enfatizado ninguna diferencia entre los dos sexos, tal como hizo en las demás clasificaciones que no afectaban a los humanos. Cuanto más inconsciente es la fundamentación de una lógica, más capacidad de penetración tiene, porque menos resistencia se le opone. Y así, la ciencia fue tomando el relevo del mito en ese esfuerzo inacabable y omnipresente, construido capa sobre capa sobre capa de significados dirigidos siempre a lograr que las mujeres siguieran reproduciendo una subjetividad en la que no se sentían legitimadas para asumir un papel social relacionado con la razón, la individualidad o el poder.

 (HERNANDO, Almudena, La fantasía de la individualidad, editorial Katz, pág.130-132)

 

TEXTO 2:

Desde un punto de vista adulto, y en términos de la ciencia moderna, las respuestas que ofrecen los cuentos de hadas están más cerca de lo fantástico que de lo real. De hecho, estas soluciones son tan incorrectas para algunos adultos que se niegan a revelar a sus hijos esa “falsa” información. Sin embargo, las explicaciones realistas son, a menudo, incomprensibles para los niños, ya que estos carecen del pensamiento abstracto necesario para captar su sentido. Los adultos están convencidos de que, al dar respuestas científicamente correctas, clarifican las cosas para el niño. Sin embargo, ocurre lo contrario: explicaciones semejantes confunden al pequeño, le hacen sentirse abrumado e intelectualmente derrotado. Un niño sólo puede obtener seguridad si tiene la convicción de que comprende ahora lo que antes le contrariaba; pero nunca a partir de hechos que le supongan nuevas incertidumbres. Aunque acepte este tipo de respuestas, el niño llega incluso a dudar de que haya planteado la pregunta correcta. Si la respuesta carece de sentido para él, es que debe aplicarse a algún problema desconocido, pero no al que el niño había hecho referencia.

         Por ello, es importante recordar que tan solo resultan convincentes los razonamientos que son inteligibles en términos del conocimiento y preocupaciones emocionales del niño. El hecho de que la tierra flote en el espacio, que gire alrededor del sol atraída por la fuerza de la gravedad sin caer hacia él, del mismo modo que un niño cae al suelo, resulta sumamente confuso para él. El niño no sabe, por su propia experiencia, que todo debe apoyarse o sostenerse en algo. Únicamente una explicación basada en este conocimiento le hará sentir que sabe ya algo más acerca de la tierra en el espacio. Y aún más importante, le hará sentirse seguro en la tierra, pues el niño tiene necesidad de creer que este mundo está firmemente sujeto en su sitio. Por esta razón, encuentra una explicación mucho más satisfactoria en un mito que cuenta que la tierra está sostenida por una tortuga, o que un gigante la aguanta.

         Si un niño acepta como verdadero lo que sus padres le cuentan –que la tierra es un planeta firmemente asentado en su lugar correspondiente gracias a la gravedad-, imaginará que la gravedad no es más que una cuerda. Así, la explicación de los padres no habrá conducido a una mayor comprensión ni a un sentimiento de seguridad. Hace falta una considerable madurez intelectual para llegar a creer que puede haber estabilidad en la vida, cuando el suelo que uno pisa (el objeto más firme que nos rodea y en el que todo se apoya) da vueltas en torno a un eje invisible y a una velocidad increíble; gira alrededor del sol, y para colmo, se desliza por el espacio junto con todo el sistema solar. No he encontrado todavía ningún niño que haya podido comprender, antes de la pubertad, todos estos movimientos combinados, aunque algunos sean capaces de repetir exactamente esta información. Estos niños repiten automáticamente, como un loro, explicaciones que, de acuerdo con su propia experiencia del mundo, no son más que mentiras que han de creer como si fueran ciertas porque lo ha dicho un adulto.

BETTELHEIM, Bruno, Psicoanálisis de los cuentos de hadas, editorial Crítica (páginas 55-56)

 

TEXTO 3:

El diccionario define ciencia como aquella actividad que se ocupa de resolver problemas mediante la observación y la lógica.

 

         La falsa ciencia

         Los astrólogos o los adivinos practican “ciencias ocultas”, basadas en supersticiones o tradiciones establecidas sin base racional. Junto con otros farsantes, pueden engañar a la gente y causar daño a su salud o a su economía.

         Todos los ciudadanos necesitan tener unos conocimientos mínimos sobre ciencia para diferenciar los conocimientos científicos verdaderos de los seudocientíficos o falsos y así tomar decisiones informadas.

Libro de Texto: Física y Química, 3º ESO, editorial Santillana

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