ANTOLOGÍA DE LA LITERATURA MEDIEVAL

J A R C H A S

 

 

Tanto amare tanto amare

habîb tanto amare

enfermeron olios nidios

e dolen tan male

 

 ¡Tanto amar, tanto amar,

 amigo, tanto amar!

¡Enfermaron unos ojos brillantes

 y duelen tan mal!

 

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Vayse meu corachón de mib.

Ya Rab, ¿si me tornarád?

¡Tan mal meu doler li-l-habib!

Enfermo yed, ¿cuánd sanarád?

 

Mi corazón se me va de mí.

Oh Dios, ¿acaso se me tornará?

¡Tan fuerte mi dolor por el amado!

Enfermo está, ¿cuándo sanará?

 

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Al-sa’amu mio hâli

borqe hâli qad bâri

ke farey yâ ümmi

fâ niqi bad lebare

 

La muerte es mi estado,

Porque mi estado es desesperado.

¿Qué haré, oh madre mía?

Quien me ama va a marcharse.

 

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Gari vos, ay yermanelas,

¿cóm’ contener é meu mali?

Sin el habib non vivreyu

Ed volarei demandare.

 

Decid vosotras, oh hermanillas,

¿cómo contendré mi mal?

Sin el amado, no viviré,

Y volaré  a buscarlo.

 

 

Í Ñ I G O    L Ó P E Z    D E    M E N D O Z A,  M A R Q U É S    D E    S A N T I L L A N A

 

Recuérdate de mi vida,

pues que viste

mi partir e despedida

ser tan triste.

 

Recuérdate que padesco

e padescí

las penas que non meresco,

desque oí

la respuesta non devida

que me diste,

por la cual mi despedida

fue tan triste.

 

Pero non cuides, señora,

que por esto

te fue nin te sea agora

menos presto,

que de llaga non fengida

me feriste,

assí que mi despedida

fue tan triste.

 

 

C a n c i o n e r o    G e n e r a l,

 

Juan Rodríguez del Padrón (Primera mitad del siglo XV)

Bive leda, si podrás,
e non penes atendiendo
que segund peno partiendo
non espero que jamás
te veré nin me verás. 

¡O dolorosa partida!
¡Triste amador, que pido
licencia, et me despido
de tu vista et de la vida!

El trabajo perderás
en haver de mí más cura,
que según mi gran tristura,
non espero que jamás
te veré nin me verás.


Pues que fustes la primera
de quien yo me cativé,
desde aquí vos do mi fe
vos serés la postrimera.

Pedro de Cartagena (1456-1486)

 

 

No sé para qué nascí,

pues en tal estremo estó,

que el vivir no quiero yo

y el morir no quiere a mí.

 

Todo el tiempo que viviere

terné muy justa querella

de la muerte, pues no quiere

a mí, queriendo yo a ella.

 

¿Qué fin espero de aquí,

pues la muerte me negó,

pues que claramente vio

que era vida para mí?

 

 

Coplas por la muerte de su padre de Jorge Manrique

 

I

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el placer;

cómo después de acordado

da dolor;

cómo a nuestro parecer

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

 

 

 

II

Pues si vemos lo presente

cómo en un punto se es ido

y acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo no venido

por pasado.

No se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

más que duró lo que vio,

pues que todo ha de pasar

por tal manera.

 

 

III

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en la mar,

que es el morir:

allí van los señoríos,

derechos a se acabar

y consumir;

allí los ríos caudales,

allí los otros medianos

y más chicos;

y llegados, son iguales

los que viven por sus manos

y los ricos.

 

 

IV

Dejo las invocaciones

de los famosos poetas

y oradores;

no curo de sus ficciones,

que traen yerbas secretas

sus sabores.

A Aquel sólo me encomiendo,

Aquel sólo invoco yo

de verdad,

que, en este mundo viviendo,

el mundo no conoció

su deidad.

 

 

V

Este mundo es el camino

para el otro, que es morada

sin pesar;

mas cumple tener buen tino

para andar esta jornada

sin errar.

Partimos cuando nacemos,

andamos mientras vivimos,

y llegamos

al tiempo que fenecemos;

así que, cuando morimos,

descansamos.

 

 

VI

Este mundo bueno fue

si bien usásemos dél,

como debemos,

porque, según nuestra fe,

es para ganar aquel

que atendemos.

Y aun aquel Hijo de Dios,

para subirnos al cielo,

descendió

a nacer acá entre nos

y a vivir en este suelo

do murió.

 

 

VII

Ved de cuán poco valor

son las cosas tras que andamos

y corremos,

que en este mundo traidor

aun primero que muramos

las perdemos.

De ellas deshace la edad,

de ellas casos desastrados

que acaecen,

de ellas, por su calidad,

en los más altos estados

desfallecen.

 

 

 

                (…)

 

 

I

Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el placer;

cómo después de acordado

da dolor;

cómo a nuestro parecer

cualquiera tiempo pasado

fue mejor.

 

 

 

 

Romance del Prisionero

 

 Que por mayo era, por mayo,

cuando hace la calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor,

cuando los enamorados

van a servir al amor,

sino yo, triste, cuitado,

que vivo en esta prisión,

que ni sé cuándo es de día,

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero;

déle Dios mal galardón.

 

 

G O N Z A L O    DE    B E R C E O

Milagros de Nuestra Señora

 

Milagro III: El clérigo y la flor (versión modernizada de Daniel Devoto, Ed. Castalia, «Odres Nuevos.», 1976)

 

 

De un clérigo leemos     que era de sesos ido,

y en los vicios del siglo    fieramente embebido;

pero aunque era loco    tenía un buen sentido:

amaba a la Gloriosa    de corazón cumplido.

 

Como quiera que fuese    al mal acostumbrado,

en saludarla siempre    era bien acordado;

y no iría a la iglesia,    ni a otro mandado

sin que antes su nombre    no hubiera aclamado.

 

Decir no lo sabría    por qué causa o razón

(nosotros no sabemos    si se lo buscó o non)

dieron sus enemigos    asalto a este varón

y hubieron de matarlo,    déles Dios su perdón.

 

Los hombres de la villa,    y hasta sus compañeros,

que de lo que pasó    no estaban muy certeros,

afuera de la villa,    entre unos riberos

se fueron a enterrarlo,    mas no entre los diezmeros.

 

Pesóle a la Gloriosa    por este enterramiento,

porque yacía su siervo    fuera de su convento;

aparecióse a un clérigo    de buen entendimiento

y le dijo que hicieron    un yerro muy violento.

 

Ya hacía treinta días    que estaba soterrado:

en término tan luengo    podía ser dañado;

dijo Santa María:    «Es gran desaguisado

que yazga mi notario    de aquí tan apartado.

 

Te mando que lo digas:    di que mi cancelario

no merecía ser    echado del sagrario;

diles que no lo dejen    allí otro treintenario

y que con los demás    lo lleven al osario.»

 

Preguntóle el clérigo    que yacía adormentado:

«¿Quién eres tú que me hablas?    dime quién me ha mandado,

que cuando dé el mensaje,    me será demandado

quién es el querelloso,    o quién el soterrado».

 

Díjole la Gloriosa:    «Yo soy Santa María,

madre de Jesucristo    que mamó leche mía;

el que habéis apartado    de vuestra compañía

por cancelario mío    con honra lo tenía.

 

El que habéis soterrado    lejos del cementerio

y a quien no habéis querido    hacerle ministerio

es quien me mueve a hacerte    todo este reguncerio:

si no lo cumples bien,    corres peligro serio.»

 

Lo que la dueña dijo    fue pronto ejecutado:

abrieron el sepulcro    como lo había ordenado

y vieron un milagro    no simple, y sí doblado;

este milagro doble    fue luego bien notado.

 

Salía de su boca,    muy hermosa, una flor,

de muy grande hermosura,    de muy fresco color,

henchía toda la plaza    con su sabroso olor,

que no sentían del cuerpo    ni un punto de hedor.

 

Le encontraron la lengua    tan fresca, y tan sana

como se ve la carne    de la hermosa manzana:

no la tenía más fresca    cuando a la meridiana

se sentaba él hablando    en medio la quintana.

 

Vieron que esto pasó    gracias a la Gloriosa,

porque otro no podría    hacer tamaña cosa:

trasladaron el cuerpo,    cantando Specïosa,

más cerca de la iglesia     a tumba más preciosa.

 

Todo hombre del mundo     hará gran cortesía

si hiciere su servicio     a la Virgo María:

mientras vivo estuviere,      verá placentería

y salvará su alma     al postrimero día.

 

Milagro VI: El ladrón devoto

 

 

Había un ladrón malo que prefería hurtar

a ir a las iglesias o a puentes levantar;

solía con lo hurtado su casa gobernar,

tomó costumbre mala que no podía dejar.(…)

 

Entre todo lo malo tenía una bondad

 que al final le valió y le dio salvedad:

creía en la Gloriosa de toda voluntad,

y siempre saludaba hacia su majestad.(…)

 

Como aquel que mal anda en mal ha de caer,

una vez con el hurto lo hubieron de prender;

como ningún consejo lo pudo defender

juzgaron que en la horca lo debían poner:

 

Lo llevó la justicia para la encrucijada

donde estaba la horca por el concejo alzada;

cerrándole los ojos con toca bien atada,

alzáronlo de tierra con la soga estirada.

 

 Alzáronlo de tierra cuanto alzarlo quisieron,

cuantos estaban cerca por muerto lo tuvieron:

mas si antes supiesen lo que después supieron

nunca le hubieran hecho todo lo que le hicieron.

 

La Madre gloriosa, tan ducha en acorrer

 la que suele a sus siervos en las cuitas valer,

a este condenado quísolo proteger,

recordóse el servicio que le solía hacer.

 

Puso bajo sus pies, donde estaba colgado,

sus manos preciosísimas; túvolo levantado:

no se sintió por cosa ninguna embarazado,

ni estuvo más vicioso nunca, ni más pagado.

 

Al fin al tercer día vinieron los parientes,

vinieron los amigos y vecinos clementes;

venían por descolgarlo rascados y dolientes,

 pero estaba mejor de lo que creían las gentes.

 

Lo encontraron con alma bien alegre y sin daño,

estaría tan vicioso si yaciera en un baño.

Bajo los pies, decía tenía tal escaño

que no habría mal ninguno aunque colgara un año.

 

 Cuando esto le entendieron aquellos que lo ahorcaron

tuvieron que su lazo flojo o se lo dejaron;

mucho se arrepentían que no lo degollaron:

¡tanto gozaban de eso cuanto después gozaron!

 

Y estuvieron de acuerdo toda esa mesnada

 en que los engañó una mala lazada,

que debían degollarlo con hoz o con espada:

por un ladrón no fuera la villa deshonrada.

 

Fueron por degollarlo los mozos más livianos

con buenos serraniles grandes y bien adianos;

 metió Santa María entre medio las manos

y quedaron los cueros de su garganta sanos.

 

Al ver que en modo alguno lo podían nocir,

que la Madre gloriosa lo quería encubrir,

tomaron su partido, cesaron de insistir

 y hasta que Dios quisiese lo dejaron vivir.

 

Lo dejaron en paz que siguiese su vía,

porque no querían ir contra Santa María;

su vida mejoró, se apartó de folía,

cuando cumplió su curso murióse de su día.

 

 A Madre tan piadosa, de tal benignidad,

que en buenos como en malos ejerce su piedad,

debemos bendecirla de toda voluntad

aquel que la bendijo ganó gran heredad.

 

Las mañas de la Madre y las del que parió

semejan bien calañas a quien las conoció:

Él por buenos y malos, por todos descendió;

Ella, si la rogaron, a todos acorrió.

 

1 Gloriosa: Denominación que utiliza Berceo para referirse a la Virgen.

2 Y más de la escritura: Más alabanzas contenidas en las Sagradas Escrituras.

3 Toca: Tela de que se hacen unas prendas de vestir llamadas igualmente tocas.

4 Acorrer: Socorrer.

5 Cuitas: Desgracias.

6 Ni estuvo más vicioso nunca: Nunca estuvo más cómodo.

7 Rascados: Arañados, pues era costumbre en la Edad Media que los familiares

de un difunto arañaran sus rostros en señal de duelo.

8 Escaño: Pequeño banco para poner los pies.

9 Mesnada: Conjunto de personas.

10 Livianos: Ligeros.

11 Serraniles: Especie de puñal o cuchillo.

12 Adianos: Largos, crecidos.

13 Nocir: Dañar.

14 Folía: Locura.

15: Calañas: Iguales.

 

 

P R O S A    D I D Á C T I C A    M E D I E V A L :

 

Don Juan Manuel, “El Conde Lucanor”

 

Exemplo I:

 

Lo que sucedió a un rey y a un ministro suyo

 

Una vez estaba hablando apartadamente el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:

-Patronio, un hombre ilustre, poderoso y rico, no hace mucho me dijo de modo confidencial que, como ha tenido algunos problemas en sus tierras, le gustaría abandonarlas para no regresar jamás, y, como me profesa gran cariño y confianza, me querría dejar todas sus posesiones, unas vendidas y otras a mi cuidado. Este deseo me parece honroso y útil para mí, pero antes quisiera saber qué me aconsejáis en este asunto.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, bien sé que mi consejo no os hace mucha falta, pero, como confiáis en mí, debo deciros que ese que se llama vuestro amigo lo ha dicho todo para probaros y me parece que os ha sucedido con él como le ocurrió a un rey con un ministro.

El Conde Lucanor le pidió que le contara lo ocurrido.

-Señor -dijo Patronio-, había un rey que tenía un ministro en quien confiaba mucho. Como a los hombres afortunados la gente siempre los envidia, así ocurrió con él, pues los demás privados, recelosos de su influencia sobre el rey, buscaron la forma de hacerle caer en desgracia con su señor. Lo acusaron repetidas veces ante el rey, aunque no consiguieron que el monarca le retirara su confianza, dudara de su lealtad o prescindiera de sus servicios. Cuando vieron la inutilidad de sus acusaciones, dijeron al rey que aquel ministro maquinaba su muerte para que su hijo menor subiera al trono y, cuando él tuviera la tutela del infante, se haría con todo el poder proclamándose señor de aquellos reinos. Aunque hasta entonces no habían conseguido levantar sospecha en el ánimo del rey, ante estas murmuraciones el monarca empezó a recelar de él; pues en los asuntos más importantes no es juicioso esperar que se cumplan, sino prevenirlos cuando aún tienen remedio. Por ello, desde que el rey concibió dudas de su privado, andaba receloso, aunque no quiso hacer nada contra él hasta estar seguro de la verdad.

Quienes urdían la caída del privado real aconsejaron al monarca el modo de probar sus intenciones y demostrar así que era cierto cuanto se decía de él. Para ello expusieron al rey un medio muy ingenioso que os contaré en seguida. El rey resolvió hacerlo y lo puso en práctica, siguiendo los consejos de los demás ministros.

Pasados unos días, mientras conversaba con su privado, le dijo entre otras cosas que estaba cansado de la vida de este mundo, pues le parecía que todo era vanidad. En aquella ocasión no le dijo nada más. A los pocos días de esto, hablando otra vez con aquel ministro, volvió el rey sobre el mismo tema, insistiendo en la vaciedad de la vida que llevaba y de cuanto boato rodeaba su existencia. Esto se lo dijo tantas veces y de tantas maneras que el ministro creyó que el rey estaba desengañado de las vanidades del mundo y que no le satisfacían ni las riquezas ni los placeres en que vivía. El rey, cuando vio que a su privado le había convencido, le dijo un día que estaba decidido a alejarse de las glorias del mundo y quería marcharse a un lugar recóndito donde nadie lo conociera para hacer allí penitencia por sus pecados. Recordó al ministro que de esta forma pensaba lograr el perdón de Dios y ganar la gloria del Paraíso.

Cuando el privado oyó decir esto a su rey, pretendió disuadirlo con numerosos argumentos para que no lo hiciera. Por ello, le dijo al monarca que, si se retiraba al desierto, ofendería a Dios, pues abandonaría a cuantos vasallos y gentes vivían en su reino, hasta ahora gobernados en paz y en justicia, y que, al ausentarse él, habría desórdenes y guerras civiles, en las que Dios sería ofendido y la tierra destruida. También le dijo que, aunque no dejara de cumplir su deseo por esto, debía seguir en el trono por su mujer y por su hijo, muy pequeño, que correrían mucho peligro tanto en sus bienes como en sus propias vidas.

A esto respondió el rey que, antes de partir, ya había dispuesto la forma en que el reino quedase bien gobernado y su esposa, la reina, y su hijo, el infante, a salvo de cualquier peligro. Todo se haría de esta manera: puesto que a él lo había criado en palacio y lo había colmado de honores, estando siempre satisfecho de su lealtad y de sus servicios, por lo que confiaba en él más que en ninguno de sus privados y consejeros, le encomendaría la protección de la reina y del infante y le entregaría todos los fuertes y bastiones del reino, para que nadie pudiera levantarse contra el heredero. De esta manera, si volvía al cabo de un tiempo, el rey estaba seguro de -35- encontrar en paz y en orden cuanto le iba a entregar. Sin embargo, si muriera, también sabía que serviría muy bien a la reina, su esposa, y que educaría en la justicia al príncipe, a la vez que mantendría en paz el reino hasta que su hijo tuviera la edad de ser proclamado rey. Por todo esto, dijo al ministro, el reino quedaría en paz y él podría hacer vida retirada.

Al oír el privado que el rey le quería encomendar su reino y entregarle la tutela del infante, se puso muy contento, aunque no dio muestras de ello, pues pensó que ahora tendría en sus manos todo el poder, por lo que podría obrar como quisiere.

Este ministro tenía en su casa, como cautivo, a un hombre muy sabio y gran filósofo, a quien consultaba cuantos asuntos había de resolver en la corte y cuyos consejos siempre seguía, pues eran muy profundos.

Cuando el privado se partió del rey, se dirigió a su casa y le contó al sabio cautivo cuanto el monarca le había dicho, entre manifestaciones de alegría y contento por su buena suerte ya que el rey le iba a entregar todo el reino, todo el poder y la tutela del infante heredero.

Al escuchar el filósofo que estaba cautivo el relato de su señor, comprendió que este había cometido un grave error, pues sin duda el rey había descubierto que el ministro ambicionaba el poder sobre el reino y sobre el príncipe. Entonces comenzó a reprender severamente a su señor diciéndole que su vida y hacienda corrían grave peligro, pues cuanto el rey le había dicho no era sino para probar las acusaciones que algunos habían levantado contra él y no por que pensara hacer vida retirada y de penitencia. En definitiva, su rey había querido probar su lealtad y, si viera que se alegraba de alzarse con todo el poder, su vida correría gravísimos riesgos.

Cuando el privado del rey escuchó las razones de su cautivo, sintió gran pesar, porque comprendió que todo había sido preparado como este decía. El sabio, que lo vio tan acongojado, le aconsejó un medio para evitar el peligro que lo amenazaba.

Siguiendo sus consejos, el privado, aquella misma noche, se hizo rapar la cabeza y cortar la barba, se vistió con una túnica muy tosca y casi hecha jirones, como las que llevan los mendigos que piden en las romerías, cogió un bordón y se calzó unos zapatos rotos aunque bien clavados, y cosió en los pliegues de sus andrajos una gran cantidad de doblas de oro. Antes del amanecer encaminó sus pasos a palacio y pidió al guardia de la puerta que dijese al rey que se levantase, para que ambos pudieran abandonar el reino antes de que la gente despertara, pues él ya lo estaba esperando; le pidió también que todo se lo dijera sin ser oído por nadie. El guardia, cuando así vio al privado del rey, quedó muy asombrado, pero fue a la cámara real y dio el mensaje al rey, que también se asombró mucho e hizo pasar a su privado.

El rey, al ver con aquellos harapos a su ministro, le preguntó por qué iba vestido así. Contestó el privado que, puesto que el rey le había expresado su intención de irse al desierto y como seguía dispuesto a hacerlo, él, que era su privado, no quería olvidar cuantos favores le debía, sino que, al igual que había compartido los honores y los bienes de su rey, así, ahora que él marchaba a otras tierras para llevar vida de penitencia, querría él seguirlo para compartirla con su señor. Añadió el ministro que, si al rey no le dolían ni su mujer, ni su hijo, ni su reino, ni cuantos bienes dejaba, no había motivo para que él sintiese mayor apego, por lo cual partiría con él y le serviría siempre, sin que nadie lo notara. Finalmente le dijo que llevaba tanto dinero cosido a su ropa que nunca habría de faltarles nada en toda su vida y que, pues habían de partir, sería mejor hacerlo antes de que pudiesen ser reconocidos.

Cuando el rey oyó decir esto a su privado, pensó que actuaba así por su lealtad y se lo agradeció mucho, contándole cómo lo envidiaban los otros privados, que estuvieron a punto de engañarlo, y cómo él se decidió aprobar su fidelidad. Así fue como el ministro estuvo a punto de ser engañado por su ambición, pero Dios quiso protegerlo por medio del consejo que le dio aquel sabio cautivo en su casa.

Vos, señor conde, es preciso que evitéis caer en el engaño de quien se dice amigo vuestro, pero ciertamente lo que os propuso sólo es para probaros y no porque piense hacerlo. Por eso os convendrá hablar con él, para que le demostréis que sólo buscáis su honra y provecho, sin sentir ambición ni deseo de sus bienes, pues la amistad no puede durar mucho cuando se ambicionan las riquezas de un amigo.

El conde vio que Patronio le había aconsejado muy bien, obró según sus recomendaciones y le fue muy provechoso hacerlo así.

Y, viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro e hizo estos versos que condensan toda su moraleja:

No penséis ni creáis que por un amigo hacen algo los hombres que les sea un peligro.

También hizo otros que dicen así:

Con la ayuda de Dios y con buen consejo, sale el hombre de angustias y cumple su deseo.

 

FIN

Exemplo II:

 

Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo

 

Otra vez, hablando el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo que estaba muy preocupado por algo que quería hacer, pues, si acaso lo hiciera, muchas personas encontrarían motivo para criticárselo; pero, si dejara de hacerlo, creía él mismo que también se lo podrían censurar con razón. Contó a Patronio de qué se trataba y le rogó que le aconsejase en este asunto.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, ciertamente sé que encontraréis a muchos que podrían aconsejaros mejor que yo y, como Dios os hizo de buen entendimiento, mi consejo no os hará mucha falta; pero, como me lo habéis pedido, os diré lo que pienso de este asunto. Señor Conde Lucanor -continuó Patronio-, me gustaría mucho que pensarais en la historia de lo que ocurrió a un hombre bueno con su hijo.

El conde le pidió que le contase lo que les había pasado, y así dijo Patronio:

-Señor, sucedió que un buen hombre tenía un hijo que, aunque de pocos años, era de muy fino entendimiento. Cada vez que el padre quería hacer alguna cosa, el hijo le señalaba todos sus inconvenientes y, como hay pocas cosas que no los tengan, de esta manera le impedía llevar acabo algunos proyectos que eran buenos para su hacienda. Vos, señor conde, habéis de saber que, cuanto más agudo entendimiento tienen los jóvenes, más inclinados están a confundirse en sus negocios, pues saben cómo comenzarlos, pero no saben cómo los han de terminar, y así se equivocan con gran daño para ellos, si no hay quien los guíe. Pues bien, aquel mozo, por la sutileza de entendimiento y, al mismo tiempo, por su poca experiencia, abrumaba a su padre en muchas cosas de las que hacía. Y cuando el padre hubo soportado largo tiempo este género de vida con su hijo, que le molestaba constantemente con sus observaciones, acordó actuar como os contaré para evitar más perjuicios a su hacienda, por las cosas que no podía hacer y, sobre todo, para aconsejar y mostrar a su hijo cómo debía obrar en futuras empresas.

Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura.

Así continuaron su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los cuales, cuando se hubieron alejado un poco, empezaron a comentar la equivocación del padre, que, siendo anciano y viejo, iba a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. De nuevo preguntó el buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó que parecían tener razón. Entonces el padre mandó a su hijo bajar de la bestia y se acomodó él sobre el animal.

Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. Entonces preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros, replicándole el hijo que, en su opinión, decían la verdad. Inmediatamente el padre mandó a su hijo subir con él en la cabalgadura para que ninguno caminase a pie.

Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que la bestia que montaban era tan flaca y tan débil que apenas podía soportar su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en ella. El buen hombre preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos, contestándole el joven que, a su juicio, decían la verdad. Entonces el padre se dirigió al hijo con estas palabras:

-Hijo mío, como recordarás, cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a pie y la bestia sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no tenía sentido, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y tú dijiste que eso sí estaba bien. Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar y yo subí, y tú también pensaste que esto era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo en la bestia, y a ti te pareció que era mejor ir los dos montados. Pero ahora estos últimos dicen que no está bien que los dos vayamos montados en esta única bestia, y a ti también te parece verdad lo que dicen. Y como todo ha sucedido así, quiero que me digas cómo podemos hacerlo para no ser criticados de las gentes: pues íbamos los dos a pie, y nos criticaron; luego también nos criticaron, cuando tú ibas a caballo y yo a pie; volvieron a censurarnos por ir yo a caballo y tú a pie, y ahora que vamos los dos montados también nos lo critican. He hecho todo esto para enseñarte cómo llevar en adelante tus asuntos, pues alguna de aquellas monturas teníamos que hacer y, habiendo hecho todas, siempre nos han criticado. Por eso debes estar seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, haz lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente habla de las cosas a su antojo, sin pararse a pensar en lo más conveniente.

-Y a vos, Conde Lucanor, pues me pedís consejo para eso que deseáis hacer, temiendo que os critiquen por ello y que igualmente os critiquen si no lo hacéis, yo os recomiendo que, antes de comenzarlo, miréis el daño o provecho que os puede causar, que no os confiéis sólo a vuestro juicio y que no os dejéis engañar por la fuerza de vuestro deseo, sino que os dejéis aconsejar por quienes sean inteligentes, leales y capaces de guardar un secreto. Pero, si no encontráis tal consejero, no debéis precipitaros nunca en lo que hayáis de hacer y dejad que pasen al menos un día y una noche, si son cosas que pueden posponerse. Si seguís estas recomendaciones en todos vuestros asuntos y después los encontráis útiles y provechosos para vos, os aconsejo que nunca dejéis de hacerlos por miedo a las críticas de la gente.

El consejo de Patronio le pareció bueno al conde, que obró según él y le fue muy provechoso.

Y, cuando don Juan escuchó esta historia, la mandó poner en este libro e hizo estos versos que dicen así y que encierran toda la moraleja:

 

Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal, 
buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar.

 

FIN

 

Exemplo V: De lo que aconteció a una zorra con un cuervo que tenía un pedazo de queso en el pico.

 

Hablando otra vez el conde Lucanor con Patronio, su consejero, díjole así:

-Patronio, un hombre que se dice amigo mío me empezó a elogiar mucho, dándome a entender que yo tenía mucho mérito y mucho poder. Cuando me hubo halagado de esta manera todo lo que pudo, me propuso una cosa que a mí me parece que me conviene.

Entonces el conde le contó a Patronio lo que su amigo le proponía, que, aunque a primera vista se dijera provechoso, ocultaba un engaño, del que Patronio se apercibió. Por lo cual dijo al conde:

-Señor conde Lucanor, sabed que este hombre os quiere engañar, dándoos a entender que vuestros méritos y vuestro poder son mayores que en la realidad. Para que os podáis guardar del engaño que quiere haceros, me gustaría que supierais lo que sucedió al cuervo con la zorra.

El conde le preguntó qué le había sucedido.

-Señor conde -dijo Patronio-, el cuervo encontró una vez un pedazo muy grande de queso y se subió a un árbol para comer el queso más a gusto y sin que nadie le molestara. Estando así el cuervo pasó la zorra y, cuando vio el queso, empezó a pensar en la manera de poder quitárselo. Con este objeto dijo lo siguiente:

-Don Cuervo, hace ya mucho tiempo que he oído hablar de vuestras perfecciones y de vuestra hermosura. Aunque mucho os busqué, por voluntad de Dios o por desdicha mía, no os vi hasta ahora, que hallo que sois muy superior a lo que me decían. Para que veáis que no me propongo lisonjearos os diré, junto con lo que las gentes en vos alaban, aquellos defectos que os atribuyen. Todo el mundo dice que como el color de vuestras plumas, ojos, pico, patas y garras es negro, y este color no es tan bonito como otros colores, el ser todo negro os hace muy feo, sin darse cuenta de que se equivocan, pues aunque es verdad que vuestras plumas son negras, su negrura es tan brillante que tiene reflejos azules, como las plumas del pavo real, que es el ave más hermosa del mundo, y, aunque vuestros ojos son negros, el color negro es para los ojos mucho más hermoso que ningún otro, pues la propiedad de los ojos es ver, y como el negro hace ver mejor, los ojos negros son los mejores, por lo cual los ojos de la gacela, que son más oscuros que los de los otros animales, son muy alabados. Además, vuestro pico y vuestras garras son mucho más fuertes que los de ninguna otra ave de vuestro tamaño. También tenéis, al volar, tan gran ligereza, que podéis ir contra el viento, por recio que sea, lo que ninguna otra puede hacer tan fácilmente como vos. Fuera de esto estoy convencida de que, pues en todo sois tan acabado y Dios no deja nada imperfecto, no os habrá negado el don de cantar mucho mejor que ningún otro pájaro. Pero, pues Dios me hizo la merced de que os viese, y contemplo en vos más perfecciones de las que oí, toda mi vida me tendría por dichosa si os oyese cantar.

Fijaos bien, señor conde, que aunque la intención de la zorra era engañar al cuervo, lo que dijo fue siempre verdad. Desconfiad de la verdad engañosa, que es madre de los peores engaños y perjuicios que pueden venirnos.

Cuando el cuervo vio de qué manera le alababa la zorra y cómo le decía la verdad, creyó que en todas las cosas se la diría y la tuvo por amiga, sin sospechar que esto lo hacía por quitarle el queso que tenía en el pico. Conmovido, pues, por sus elogios y por sus ruegos para que cantara, abrió el pico, con lo que cayó el queso en tierra. Cogiólo la zorra y huyó con él. De esta manera engañó al cuervo, haciéndole creer que era muy hermoso y que tenía más perfecciones de lo que era verdad.

Vos, señor conde Lucanor, pues veis que, aunque Dios os hizo merced en todo, ese hombre os quiere persuadir de que tenéis mucho más mérito y más poder, convenceos que lo hace para engañaros. Guardaos bien de él, que, haciéndolo, obraréis como hombre prudente.

Al conde agradó mucho lo que Patronio le dijo e hízolo así, y de esta manera evitó muchos daños. Como don Juan comprendió que este cuento era bueno, hízolo poner en este libro y escribió unos versos en que se expone abreviadamente su moraleja y que dicen así:

            

                        Quien te alaba lo que tú no tienes,

                                    cuida que no te quite lo que tienes.

 

 

Exemplo VII: Lo que sucedió a una mujer que se llamaba doña Truhana

 

Otra vez estaba hablando el Conde Lucanor con Patronio de esta manera:

-Patronio, un hombre me ha propuesto una cosa y también me ha dicho la forma de conseguirla. Os aseguro que tiene tantas ventajas que, si con la ayuda de Dios pudiera salir bien, me sería de gran utilidad y provecho, pues los beneficios se ligan unos con otros, de tal forma que al final serán muy grandes.

Y entonces le contó a Patronio cuanto él sabía. Al oírlo Patronio, contestó al conde:

-Señor Conde Lucanor, siempre oí decir que el prudente se atiene a las realidades y desdeña las fantasías, pues muchas veces a quienes viven de ellas les suele ocurrir lo que a doña Truhana.

El conde le preguntó lo que le había pasado a esta.

-Señor conde -dijo Patronio-, había una mujer que se llamaba doña Truhana, que era más pobre que rica, la cual, yendo un día al mercado, llevaba una olla de miel en la cabeza. Mientras iba por el camino, empezó a pensar que vendería la miel y que, con lo que le diesen, compraría una partida de huevos, de los cuales nacerían gallinas, y que luego, con el dinero que le diesen por las gallinas, compraría ovejas, y así fue comprando y vendiendo, siempre con ganancias, hasta que se vio más rica que ninguna de sus vecinas.

»Luego pensó que, siendo tan rica, podría casar bien a sus hijos e hijas, y que iría acompañada por la calle de yernos y nueras y, pensó también que todos comentarían su buena suerte pues había llegado a tener tantos bienes aunque había nacido muy pobre.

»Así, pensando en esto, comenzó a reír con mucha alegría por su buena suerte y, riendo, riendo, se dio una palmada en la frente, la olla cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Doña Truhana, cuando vio la olla rota y la miel esparcida por el suelo, empezó a llorar y a lamentarse muy amargamente porque había perdido todas las riquezas que esperaba obtener de la olla si no se hubiera roto. Así, porque puso toda su confianza en fantasías, no pudo hacer nada de lo que esperaba y deseaba tanto.

»Vos, señor conde, si queréis que lo que os dicen y lo que pensáis sean realidad algún día, procurad siempre que se trate de cosas razonables y no fantasías o imaginaciones dudosas y vanas. Y cuando quisiereis iniciar algún negocio, no arriesguéis algo muy vuestro, cuya pérdida os pueda ocasionar dolor, por conseguir un provecho basado tan sólo en la imaginación.

Al conde le agradó mucho esto que le contó Patronio, actuó de acuerdo con la historia y, así, le fue muy bien.

Y como a don Juan le gustó este cuento, lo hizo escribir en este libro y compuso estos versos:

 

 En realidades ciertas os podéis confiar,

mas de las fantasías os debéis alejar.

 

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